por Alejandra Gómez Macchia

a Carlos Meza Viveros

Ayer regalé por primera vez Pedro Páramo. Una nueva edición de colección que se publicó este año. Lo regalé porque la persona que lo recibiría, sabrá apreciarlo. Se devorará la historia. Tirará café en sus páginas. Lo subrayará con plumón amarillo. Perderá cien veces los lentes al retomarlo. Lo morderá, lo va a doblar. Dormirá sobre él cuando el sueño lo asalte. Anotará en la tercera de forros las palabras desconocidas y buscará obsesamente entrevistas del autor. Lo leerá de un tiro, aunque sé que lo perderá varias veces entre una montaña de papeles tamaño oficio. Lo encontrará junto a sus celulares también perdidos.

Sé que cuando abra sus páginas, quizás las pase rápido (al principio). Él es hiperactivo, se aburre rápido porque su cabeza va tres pasos adelante que la de los demás, aunque sabe muy bien que no hay mejor manera de leer un libro que releyendo el libro.  

En los últimos meses he hablado de Rulfo como no lo había hecho en años y cada vez que salta a la conversación, me llegan a la mente imágenes que no se parecen a ninguna otra imagen que haya visto.

Palabras que rompen en la boca de quien las dice y se vuelven música.

Ya el gran maestro Julio Estrada escribió hace unos años un hermoso y escrupuloso ensayo sobre El Sonido en Rulfo, y junto con el ensayo estrenó una obra llamada “Los murmullos del Páramo”.

Recuerdo muy claramente mi primer encuentro con el microcosmos rulfiano.

Fue en la secundaria, en la clase de literatura o de lectura y redacción.

La maestra era una mujer bastante abúlica que dejaba leer libros a los alumnos, sin embargo, no sabía venderle a los niños esos libros, por lo tanto, los niños hacíamos trampa.

Era un pequeño tomo de unas cien páginas con portada dorada.

Fui con mi mamá a comprarlo a la librería y cuando comencé a leerlo, en el camino a casa, no pude encontrar la sutilezas de su lenguaje.

“Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Ahora cada que puedo evoco ese arranque, que es sin duda uno de los más bellos de la literatura universal, sin embargo, a los doce años y con una maestra que no tenía la gracia de involucrar a los alumnos con las lecturas del programa escolar, pronto lo abandoné. No entendía de qué se trataba. No pude traducir que aquel era un mundo de muertos. No supe ni sospeché que estaba frente a la obra que realmente inauguró el realismo mágico. Total que terminé por dárselo a mi mamá para que me hiciera el resumen y aprobara la materia. Yo era una pubescente idiota a la que no le interesaba lo que pasaba más allá de su ombligo.

Con el tiempo olvidé que aquel libro existía y me dediqué a leer cuanta novela  basura caía en las aulas.

Pasaron los años y me vi obligada a volverme una lectora atenta porque entré a trabajar a un periódico y me negaba a ser ese tipo de colaboradora que escribía por escribir. El periodismo tiene unos huecos enormes en lo que al buen uso de la prosa se refiere. Los reporteros leen poco. Lo periodistas, igual. Hay una guerra eterna entre aquellos que creen que la información es el recurso más valioso para aquel que publica en un diario o una revista. Yo pienso que la información, en efecto, es importantísima; es la materia prima, pero si no se sabe transformar esa materia, si la información se presenta en modo boletín o si la información no se convierte en una historia bien contada, se mata.

Cuando llegué a la redacción de aquel periódico, lo hice horrorizada porque los compañeros que ya llevaban mucho más tiempo ahí me vieron como una arribista, como una oportunista que nada tenía que ver en una redacción  y sí mucho en un salón de belleza o en un gimnasio.

Sentí entonces sus miradas inquisidoras y escuché los murmullos de sus voces al pasar mientras cargaba unos cuantos libros que me habían recomendado y no me acababan de convencer. No sé sí lo imaginé o alguien por ahí, en medio de las computadoras, dijo: esa no es ratita de biblioteca, más bien parece putita de biblioteca. Todo porque llevaba minifalda y no los horrendos pantalones de pinzas que suelen usar las correctoras de estilo tradicionales (hasta la fecha hay quien no me perdona que escriba libros montada en zapatillas).

No me ofendí. Jamás me ofendo ante el ataque de una voz sin nombre ni cara. Además empatizo más con las putas que con las ratas.

Al saberme en desventaja, no me quedó otra más que ponerme a leer. ¿Y por dónde iba a empezar? Tenía muchos títulos en mente. Había anotado una lista de autores que sabía que eran buenos; los clásicos, sobre todo. Pero para esas alturas de mi vida no tenía un peso en la bolsa y la primera quincena tardaría en llegar, faltaba menos, quince días. Fue cuando regresé a casa de mis padres y me hundí en una caja donde sabía que podría haber mejores libros que aquellos que llevaba en la mano el día que conocí a mis respetuosos compañeros de trabajo. Y nuevamente encontré a Rulfo. O Rulfo me encontró.

El viejo y amarillento librito de pasta dorada que había sido desdeñado por mí en la adolescencia se convertiría en el parte aguas de mi vida. Gracias a Pedro Páramo supe que era posible hablar con lo muertos, y no sólo eso, gracias a Pedro Páramo aprendí a encontrar perlas en las conversaciones que pueden parecer llanas o elementales.

La persona a quien le regalé ayer Pedro Páramo, ha leído anteriormente Pedro Páramo; seguramente mucho más veces que yo, sin embargo sé que este Pedro Páramo que le di será un nuevo Pedro Páramo para él, por una razón: porque él ya no es la misma persona  que lo leyó hace diez o cinco o treinta años. Nadie es el mismo de ayer; nadie posee la misma mirada que tuvo en la víspera. Nadie puede repetirse en serie un día tras otro; menos alguien que vive más tiempo despierto que dormido porque la vida lo ha hechizado y el sueño a veces no resulta un buen colchón.

Es muy común que yo regale libros, es más, creo que es lo que siempre regalo a la hora de los cumpleaños y de las navidades.

Regalo libros con la intención de que el que reciba el libro tenga algo en común conmigo para la próxima vez que nos veamos, aunque a decir verdad trato de no frecuentar demasiado a la gente porque me aburro rápido. Quizás eso pasa porque me aburro de mí misma cada semana, esa es la verdad.

En esta ocasión en particular sé que mi regalo es más que un regalo, es una fuente de donde manarán nuevas conversaciones. El libro no es costoso ni es único; yo lo veo más bien como una inversión. Sí, como una inversión que pronto me dará jugosos dividendos en un área que nada tiene que ver con la vacuidad del dinero, sino que tiene que ver con la valiosísima oportunidad de sentarme con el recipiendario del libro y que hablemos y hablemos de él, y que del libro salgan venas, como las de un río, y que de pronto surjan historias parecidas a las de Juan Preciado o Susana Sanjuan.

Porque irremediablemente pasa que uno acaba por emular ese lenguaje que parece estar suspendido en un tiempo inconjugable.

Vine a tu casa porque me dijeron que aquí se habla de mi padre, un tal Pedro Páramo…