por Alejandra Gomez Macchia
Cada año, la marcha del orgullo gay es más grande, concurrida y aparatosa.
Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, se abarrota de banderitas arcoíris, plataformas excéntricas, pelucones neobarrocos, trajes de látex, nalgas masculinas sitiadas dentro de mallas fosforescentes, e intrépidos carruajes adornados con flores recorren la ruta, mientras en las calles aledañas la guerra de sonido vuelve entrópica la ciudad de los Palacios.
El resto del año, el ashram sagrado de la comunidad LGTBQ+ sigue siendo la Zona Rosa, que desemboca –precisamente– en Reforma.
Es ahí en donde durante años se podía ejercer el amor libre entre parejas del mismo sexo, al mismo tiempo que la estrambótica (y genial) Pita Amor, recitaba sus décimas a los comensales, y le mentaba la madre a la gentuza de medio pelo que osaba no reconocerla y desdeñarla porque al final de sus días terminó más loca que una cabra y deteriorada física y económicamente.
Pita Amor pudo haber sido uno de los personajes que, años más tarde, observara críticamente las marchas del “PRIDE”, desprendiendo cierta ponzoña porque, para jotear con valor, los contemporáneos, es decir, Salvador Novo, Jorge Cuesta y Carlos Pellicer.
Pero el México de Pita Amor se fue por las coladeras de la historia, así como también el estilazo del “macho gay informal” más varonil que ha habido en este país: Luis González de Alba, gran escritor y fundador de varios tugurios Gays como El Taller y El Vaquero.
Al ver tanta algarabía, felicidad, camaradería y colorines de los participantes de la marcha, pareciera que de verdad ya ganaron. Pareciera que no viven en un país en donde todavía se les asesina en crímenes de odio por el simple hecho de tener una inclinación sensual diferente.
Tanto confeti y serpentinas, y miles y miles de pesos invertidos en outfits faraónicos, nos hace olvidar, por ejemplo, la tristeza de los jotos viejos.
Digo jotos, no en un afán peyorativo.
Digo jotos porque así se dicen entre ellos, y como he convivido tanto, y tanto quiero a varios miembros de la comunidad, me tomo la licencia de no censurar un término que cabe muy bien en este texto en el que quisiera hacer un zoom in al lado b de la vida homosexual en México y en países de Latinoamérica. Porque una cosa es ser gay de Masaryk y otra ser jota de La Bondojito…
Armando Manzanero decía en una de sus canciones que no hay nada más triste en este mundo que un ciego cuando se enamora y quiere ver la aurora, yo discrepo del maestro, porque no hay una cosa más triste en este mundo que un gay viejo y pobre.
Se les ve nostálgicos a las orillas de estas marchas pantagruélicasmirando desde lejos la supuesta entronización de su tribu, pero siendo segregados de esa fiesta llena de neón, tusi y dilatadores inhalados.
No hace mucho tiempo comentaba con un amigo gay las dificultades que enfrentan cuando la piel empieza a ceder ante la gravedad, los pechos dejan de ser turgentes, y las erecciones fallan a pesar del Cialis. Porque no hay criatura más vanidosa en este mundo que un homosexual hombre. Para ellos se ha abierto todo un mercado millonario de productos destinados a postergar la flacidez, las manchas y la calvicie.
Mi amigo, una persona sensata, culta, promiscua y realista, abundaba en la conversación diciendo lo que solo entre gays piensan: “la vejez en las mariconas es más dura que en las propias mujeres”. Porque las mujeres, en el momento en que se convierten en madres se les sacraliza y se les exenta de la cuota obligatoria de las firmeza y la juventud eterna; porque las mamacitas mexicanas primero deben ser buenas madres antes que buenas amantes, ya que los maridos ven de otra forma a sus mujeres a partir de la maternidad, y la ceniza solo es una tragedia para la imagen que ellas mismas observan en el espejo; no para el compañero de su vida, quien no tarda en encontrar el relevo en una joven que le inyecte vitalidad y les reviva las testosterona.
Para los gays, la vejez es devastadora. Y en estos tiempos, en donde las marchas dejan ver una pasarela de nalgas lustrosas embutidas en tiras de cuero, pectorales bronceados y rinoplastias de cirujano brasileño, para ell@s, a las viejas jotas que no pudieron salir del closet en su etapa más firme, el pride es como un subidón de Popper que culmina en una cruda brutal cuando deben de regresar a la marginación familiar y el escarnio laboral.
Hoy es muy cool unirse a las marchas, aunque seas buga (es decir heterosexual), es muy resiliente y empático, salir con pancartas y una máscara multicolor a festejar el triunfo de la comunidad sobre el machismo y las dinámicas hetero patriarcales. Sin embargo, así como la paridad de géneros en política, no te garantiza que haya un buen gobierno, así, ser parte de la comunidad no te hace inmune a la estupidez, ni a la tristeza.
Los viejos gays expuestos, y los gays de closet que siguen casados haciendo infelices a sus buenas esposas y sus hijitos lindos, solo ven pasar la caravana como un espectáculo más que deja muchos dividendos, pero pocas expectativas para cambiar su realidad.
Más que la parafernalia de una marcha, debe haber políticas públicas de verdadera inclusión y de apoyo a su salud.
Porque los crímenes de odio no cesan.
Porque entre jotas también se destrozan como hienas.
Y solo la edad salda cuentas y desvela la magnitud de la tragedia.