por Alejandra Gómez Macchia

José Lazcarro Toquero es un hombre sin edad. Uno no sabe si es un niño de mil años o un árbol bien plantado en su absoluta plenitud. El profe, como mucha gente lo conoce, aparece de repente en la escena; se dirige con paso rápido buscando el llavero en lo que cruza por una arbolada, un pasillo oscuro junto a un patio hindú, para luego desembocar en su taller-estudio ubicado en Integrarte (La Noria), precedido por un canturreo alegre casi musitado.

Entra al lugar mirando el reloj y disculpándose por llegar unos minutos tarde… ¿tarde para qué? si en ese espacio lleno de cuadros de gran formato, troncos intervenidos, coladeras, muebles macizos, estructuras metálicas vestidas de tul y pulpas de papel, escaleras que pretenden ir al cielo, polvos mágicos de cientos de colores, solventes, telas y mezcal, la hora de la llegada siempre se da a tiempo.

Mientras se atavía con un mandil de pintor con huellas de pinceladas llama a Rodolfito, su ayudante, con una vocecilla juguetona y socarrona.

El profe es un ente lúdico, un mago pequeño con aura blanca que va de aquí para allá como el conejo de Alicia; ora buscando un color, ora moviendo el enorme bastidor en blanco que reposa sobre la mesa central en donde convoca a sus alumnos.

Hace apenas unos meses que mudó su estudio a terrenos más conocidos: La Noria ha sido parte de su vida durante más de dos décadas y le ha dejado siempre una gran satisfacción a la hora de comer, beber y contribuir en su embellecimiento.

El restaurante que levantó Blas Cernicchiaro en un antiguo casco de hacienda, conversa constantemente con la obra de Lazcarro. Cuadros van y vienen, se cuelgan y se descuelgan de esos muros anchos, así que el cambio de ubicación de su taller fue un acierto, pues es vecino de su propia galería.

Mientras el profe se prepara para dar sus clases, curioseo en los rincones: camino deteniéndome por las obras tratando de encontrar en sus abstracciones el mensaje escondido, la idea ulterior, el sino del artista, su humor, su densidad, la profundidad que revelan los negros y la materia expuesta que surgen de los tonos más claros.

Me coloco en un punto donde puedo observar casi todo el microcosmos de Lazcarro mientras él sigue trajinando, levantando el bastidor que va a parar sobre otro ya empezado. ¿Una escena de ultramar? ¿Qué son los azules en su idioma? ¿Qué esas formas orgánicas que se difuminan entre texturas?

Frente a mí está colgado un imponente cuatro en tonos rojizos, amarillos Nápoles y sepias. La forma me llama; es algo que quiere ser descubierto, pero que a simple vista no se resuelve. Un monolito, sí. Un montón de piedra, quizás… Es la obra que más me ha gustado y me embebo tratando de no errar en la traducción.

Creo tener la respuesta, aunque espero, no quiero parecer una esnob que dé interpretaciones metafísicas y pedantescas. El cuadro es. Es ya lo que es y no importa si emula un dolmen o un tótem o un Gólem.

El profe viene hacia mí con esa sonrisa permanente y me dice: es una Coatlicue.

Ahora entiendo todo.

La primera vez que vi a la diosa de la falda de serpientes en el Museo de Antropología, yo tendría unos doce años y me quedé hipnotizada por su rareza y su voluptuosidad.  

Sobre la mesa de centro de la sala de estar hay varios libros. Catálogos de su obra, sobre todo. El profe se precipita a entregarme uno especial que no está la vista. Es un libro de Emma Yánez. El personaje que está en la portada es un hombre trepado en un andamio vestido de mezclilla. Un señor con bigote con pintura en las manos. El mismo hombre que es un niño de mil años o un adulto formal ejecutando un trabajo que se nota riesgoso.

Es José Lazcarro en su juventud pintando un mural.

Hace relativamente poco tiempo que lo conocí de cerca, pero en Puebla decir Lazcarro es como aproximarse siempre a un familiar. Él siempre ha estado ahí, como el dinosaurio de Tito Monterroso, y seguirá siempre: en sus pinturas, en sus esculturas, en sus lámparas, en las mesas de La Noria, al entrar al Mercado de Sabores, en los murmullos de la vieja y nueva UDLA que fue su casa, el ashram en donde formó a generaciones y generaciones de jóvenes que soñaron con ser artistas. Muchos de ellos lo lograron, algunos no, pero sin duda, siempre llevarán la firma de Lazcarro en algún lugar de su memoria porque el profe es un personaje inolvidable.

Mientras hojeo el libro, suena en mi cabeza música de mambo. El Pepe Lazcarro de “La Guerrero” es el mismo que tengo enfrente, un hombre que juega con las palabras, que busca el chascarrillo propicio para generar una conversación amena.

Pienso en las colonias populares de La Ciudad de México en aquellos tiempos, los de la foto de la portada, y luego las imágenes en donde el profe no era el profe, sino un niño que va de la mano de su madre, que por cierto es idéntica a él.

Inevitablemente vienen a mi recuerdo algunas páginas de José Emilio Pacheco, en las que retrataba ese otro México que ya no existe, pero que vive en la cabeza y en la inventiva de aquellos que crecieron ahí… la imbatible mole que fue creciendo al mismo tiempo que sus vicios y sus problemas viales. También pienso en algunos pasajes de José Agustín. El profe, sin duda, es un personaje de “la onda”.

Lazcarro bailotea todo el tiempo, quiera o no.

Tal vez no se dé ni cuenta cuando de pronto ya se está balanceando. Trae un disco de 45 revoluciones instalado en su software.

Emma Yánez lo entrevistó para ese libro hace ya muchos años, sin embargo, la esencia del joven que estudió en San Carlos con importantes maestros permanece intacta.

Podemos decir que Lazcarro lleva el barrio a su mejor expresión, es decir, a través de todos esos elementos que construyen una estética que no abandona las raíces de donde se oxigenó su duende.

Las preguntas se contestan solas no sólo mediante la conversación, Lazcarro es un apasionado de la vida, por lo tanto, todo le genera curiosidad. Parece que el mundo lo ha hechizado; se nota en el brillo en sus ojos que salta a la superficie cuando toma el pincel o en yeso. Para José Lazcarro cada proyecto que emprende es una nueva manera de redescubrirse y comprender el espíritu del tiempo. Ya sea ganando la Bienal FEMSA en Monterrey o exponiendo en galerías extranjeras, su humor efervescente es un vaso comunicante con el observador de la obra. Se puede conocer al profe en los colores, las formas o los guiños, sin embargo, su ruta, que es el abstracto, puede meternos en un laberinto.

Lazcarro se sube a un andamio en aras de posar para mi lente. Acaba de recuperarse de una caída, pero nada le impide tomar los tirantes que sostienen sus pantalones para ir subiendo los peldaños con esa coquetería natural que encanta.

La música es parte intrínseca de su persona. Es como ver a un actor del cine de oro mexicano interpretándose a sí mismo. Pasa de la risa a la ensoñación de un minuto a otro. Mira sus cuadros y se encuentra dentro. La pandemia no colapsó su ingenio, pues finalmente, el oficio del artista es un confinamiento constante.

¿Cómo no repetirse hasta el infinito si ya se tiene una fórmula dominada?

Viviendo. Sólo viviendo y jugando.

Hay muchísimas casas en Puebla y en otros estados con obra de Lazcarro pendiendo de sus paredes. También hospitales, edificios de apartamentos…

En lo que la lente se abre y cierra, el profe versifica su pensamiento y alburea a quien se deje. Rodolfito, su asistente, va y viene con espátulas, aceites, pinturas…

Le pido que se ponga una de las máscaras que está trabajando con sus alumnos de los miércoles. Sin chistar, manda a traer una. Lazcarro juega. Lazcarro sabe que todos los recursos que se puedan tomar del exterior abonan a enviar mensajes. ¿Qué puede intimidar a un hombre ha vivido ya ochenta años? Nada. Él sabe bien que el quid de la vida está en tomársela en serio lo menos posible.

Su familia llega al estudio. No necesité sentarme con él con una grabadora en mano para hacer una entrevista cansina y aburrida. Lo que quería ver de Lazcarro está aquí, en estas fotos y en sus cuadros y en los momentos que la amistad nos regala.

Olga, su mujer, posa junto a él. A Lazcarro la belleza le da cuerda. Es un seductor, un genio involuntario del histrionismo. Si no hubiera sido pintor, estoy segura de que hubiera vivido en las tablas.

Los últimos trabajos del profe están motivados por los tiempos extraños que hemos vivido como especie durante dos años de pandemia. La paleta de colores de esos cuadros refleja el paso de una catástrofe de la que, por lo menos Lazcarro, ha salido ileso.

La hora del festín llega.

Brindamos con mezcal por el arte, por la pintura, por los pachuchos y las rumberas.

Vamos a comer a La Noria. A escuchar confidencias mientras una docena de comensales se le acercan para saludarlo.

El profe es un rockstar.

Los periodista, los políticos, los poblanos de buena cuna y los simples mortales ¡lo saben, lo saben!

Lazcarro está en su elemento. En uno de tantos. Es un anfibio: juega, baila y conversa con el mar, con la tierra y con las rocas.

Un laurel nos guarece de la lluvia. El profe no se tapa con ninguna prenda.

El profe vive en llamas.

José Lazcarro es un fuego vivo.