por Alejandra Gómez Macchia
Se nos ha dicho que Dios es inmortal, por lo tanto, el Diablo también lo es.
En la tradición judeocristiana esta ambigüedad discursiva ha obrado milagros en la fe, pero más que eso, maravillosos dividendos.
Todos los justos quieren llegar un día con Dios, pero en vida, y como seres volubles y ambiciosos, convivimos más con el Diablo.
Esto en caso de ser creyentes, obviamente.
En el escenario contrario, es decir, cuando uno vive en la orfandad religiosa o dogmática, la figura del Demonio ha estado encarnada a lo largo de la historia por distintos personajes, por lo general, bastante populares y atractivos; líderes carismáticos natos, políticos atascados y artistas rupturistas.
¡EXTRA, EXTRA! ¡El Señor de las Tinieblas –y de las tenebras– se ha jubilado esta fin de semana!
Hablo, por supuesto, del inminente retiro del gran Ozzy Osbourne, que este sábado se dio de baja de los escenarios incandescentes llenos de flamas anaranjadas y rock and roll, para ir a terminar sus días terrenales siendo un tierno abuelo al que le encanta pasar tiempo con sus nietos, comer quesos, y sentarse a ver películas con su esposita.
Después del concierto de ayer, cae el telón de una época que marcó el inicio de una generación de amantes de la música en motocicleta, el cuero, el borboun gacho, y los cosméticos viriles.
A Ozzy Osbourne se le vio siempre como se debe de ver cualquier diablo respetable: con sus ojos bien delineados, pantalones de cuero y rímel para resaltar ese brillo misterioso de aquel que ha visto mucho tiempo y muchas vidas…
En lo particular, nunca fui seguidora de Black Sabbath, sin embargo, rockero que no tiene sus discos en la colección de vinilos casera, es un pobre (diablo) rockero.
Hace aproximadamente diez años, mi amigo Ernesto Flores Vega, me llamo para invitarme al que sería (hasta ese momento) el último concierto que daría Ozzy en México… aunque, por supuesto que después dio más. Sin embargo, es bueno en términos de marketing, anunciar la despedida de un grupo tan querido para generar ganancias jugosas en las entradas.
En esa ocasión, me dio nostalgia ver cómo el Amo de las Tinieblas apareció en el escenario –entre dantescos fogonazos del infierno– dando gracias a Dios y a México por permitirle cantar esa noche.
Moraleja: un diablo que reconoce la agencia de Dios sobre la banda más densa, es un diablo agradecido.
Poco quedaba de ese personaje oscuro y escandaloso que para quien vivió en su era dorada, significaba el veto familiar por el hecho de llevar a las consolas de las casas decentes, semejantes y estruendosas canciones de locos mariguanos; porque así eran catalogados en su momento los grupos de heavy metal por los jefes de familia que trataban de alejar a sus hijos de semejante música salida del averno.
Durante el concierto al que fui en el Foro Sol, observé arrobada a toda la palomilla malandra que alguna vez se sintió muy malota por seguir a Ozzy Osbourne, y que para ese momento ya era una congregación de señores adiposos con los ojos pintados como pandas. Tiernísima escena, en verdad.
Creo que así sucede y seguirá sucediendo con cada generación y sus ídolos transgresores; a la mía le tocó hacer sudar a nuestros padres comprando el disco Anticristo Superstar, del escalofriante Marilyn Manson, que es, por obvias razones, el heredero artístico de Osbourne.
Así pues, concierto de este fin de semana fue un homenaje de cuerpo presente a nuestro Diablo Consentido.
La entrada de Ozzy emergiendo desde el fondo del escenario en un trono del medioevo kitsch, mientras sonaba Carmina Burana, cierra la pinza de toda una vida de espectáculo. Porque Osborne, como todo diablo, era un diablo fake.
Y a pesar del Parkinson y las secuelas naturales de sus excesos, colocó con gran dignidad la última estaca de su cercana y glamorosa tumba.
Hablo en términos mortuorios, no porque desee que el gran Ozzy muera pronto, sino porque la esencia del buen heavy metal siempre va a ser una aproximación a los umbrales.