por Carlos Meza Viveros

“El periodismo consiste esencialmente en decir “Lord Jones ha muerto”, a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”

(Chesterton)

“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede comprender a los demás: sus intenciones, su fe, sus intereses, su tragedia…”.

(Kapuscinski)

“El periodismo consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”

(Frank Zappa)

Quise empezar esta entrega con algunas frases de grandes escritores, teóricos, y hasta un músico de rock, sobre qué es el periodismo. ¿Por qué? Porque en estos tiempos ya cualquier opinólogo o tuitero se siente periodista, o en su defecto, cualquier personaje de poder toma a un periodista como alcahuete, o al revés: trata de acallarlo.

Hay buenos y malos periodistas, y ambos hacen casi lo mismo: son transmisores del acontecer diario que campea a todos niveles: unos tergiversando y otros tratando de ser veraces.

Los que tergiversan desgraciadamente son los más que los que informan éticamente. Los primeros echan mano de la impertinencia usando adjetivos calificativos en vez de hacer una crítica profunda, causando un grave daño moral al objeto de su escarnio, a pesar de que exista el llamado estándar dual de protección o “real malicia”, dos conceptos que la ley  y La Corte han acogido para ofrecerle garantías a personajes con una proyección política o pública mientras éstos posean el mismo umbral de tolerancia para ser escrutados por el pueblo, es decir: que mientras dos opiniones o críticas sean vertidas por dos partes que tengan la misma posibilidad de defenderse y debatir desde trincheras paralelas (o por lo menos no ventajosas),  y sin causarle daño a un tercero, estamos hablando que entran a una especie de cuadrilátero legal llamado “el mercado de las ideas”.

Últimamente hemos sido testigos de las críticas que se han vertido sobre el presidente López Obrador en el tenor de que se ha vuelto intolerante con lo que él llama “la prensa fifí”.

Pongamos el ejemplo de su descontento con el Diario Reforma: AMLO irrumpe en sus mañaneras quejándose de la línea editorial de dicho periódico, y los dueños y los directores de éste replican que el ataque proviene del presidente por “intentar meterlos a su corral” o amordazarlos.

En este caso, ambas quejas son legítimas, en primer lugar porque puede ser que los periodistas que ahí colaboran descontextualicen la cabeza de su nota o la nota completa con tal de que el lector tenga un impacto negativo seguro del objeto de la crítica del reportero, y viceversa: el periodista lanza una nota ejerciendo su derecho a la libertad prensa, y puede documentar (previa investigación) e informar al lector sobre algo que no ha trascendido pero que, de tener buen oficio, ha escarbado para presentarlo al público sin temor a la censura.

Las cosas se complican cuando panfleteros ágrafos lanzan esputos que en vez de abonar al sano debate púbico y al zipizape entre entidades que poseen una palestra para defenderse, generan discursos de odio y  rechazo contra la persona que estigmatizan y etiquetan en sus columnas de opinión, en sus notas o artículos; este tipo de periodista abundan e intentan guarecerse en los artículos 6º y 7º de nuestra constitución, argumentando que la libertad de expresión es un derecho… y sí lo es en tanto sus dichos o sus publicaciones no golpeen la dignidad o el honor de aquel a quien le practican una radiografía imprecisa o incluso hechiza o por encargo.

Cuando esto sucede, el vilipendiado también se debería proteger bajo los mismos artículos para hacer uso del legitimo derecho de réplica, sin embargo, es en este punto donde queda en evidencia el aldeanismo y la falta de ética de los tundeteclas que se autonombran periodistas, ya que a la hora de que una persona que se ha sentido herida intenta replicar, los dueños del espacio acotan al replicante y en muchas ocasiones publican las respectivas cartas aclaratorias incompletas o nuevamente descontextualizadas.

Así no se puede. Recordemos que el periodismo ha sido considerado como el cuarto poder, y como todo poder, se satisface a sí mismo hasta que se le ponga enfrente uno más elevado, y es entonces cuando surge el toma y daca de acusaciones infinitas entre aquellos que abusan de tener en los medios el vehículo más eficaz para convencer a las masas, contra los que ven aniquiladas su garantías al sentirse agraviados y sin oportunidad de una defensa bajo las mismas condiciones y /o  premisas.

Esto provoca un fuego cruzado entre dos partes: la que lanza la nota inicial como una pira ardiente, y entre el que atiza esa pira hasta generar un incendio imparable en el que salen calcinadas muchas reputaciones, logrando así una suerte de confusión generalizada en aquellos que verdaderamente tienen derecho a ser informados: los lectores.

Aquí y en China existen los así llamados “medios militantes”, es decir, aquellos que son dirigidos por sicarios que acaban convertidos en voceros subrepticios (y perversos) de quienes detentan el poder y cuya función ¡es goberna!, no utilizar de salvoconductos o de asesores cosméticos para manufacturar una imagen equívoca del personaje al que protegen mediante elogios encendidos, aplicando oropel y colmando de virtudes inexistentes a los malosos; claro, este trabajo de hojalatería y pintura generalmente es bastante bien remunerado por los verdaderos dueños de sus plumas…

Estos periodistas travestidos de pureza, que dañan y lesionan el honor de un tercero deberían ser exhibidos no sólo en sus propios medios, sino que sus víctimas pueden recurrir a la aplicación de sus respectivos derechos ante los tribunales, sin embargo, hay ocasiones en que no vale la pena revolcarse en los fangos de los quienes se alimentan de la carroña, a menos que, como dice mi admirado Serrat: “entre ellos y yo haya algo personal”.

Lo digo sin acritud, ¡pero lo digo!