Ocultamente (o descaradamente) todos somos fans de alguien. Todos.

Hay quien admira a Paul McCartney y haría lo que fuera por hacerse una foto con él.

Hay quien babea por el decrépito de Mick Jagger y sueña con hacerle un buen blow job.

Hay quienes se juntan y van en corro a los conciertos de Luis Miguel, y en sus más íntimas chaquetas mentales fantasean con la idea de que “El Sol” las mira cuando canta “La incondicional”.

Hay otros que se desgarran las vestiduras si se topan con Maradonna en el aeropuerto y esperan pacientemente a que este gordo mórbido salga del baño después de meterse tres rayas de coca para abordarlo.

Hay muchísimos que son fans de AMLO y se han convertido en una especie de guardia armada que surte de chingadazos a sus críticos en Twitter (a este comando se le conoce mundialmente como pejezombis, y no son peligrosos, pero son primitivos y son legión).

También hay quien es fan de su madrecita santa y ese tipo de fan edípico jura que todo lo que hace su jefa es lo mejor del mundo, verbigracia: “mi madre hace los mejores chiles en nogada de Puebla”.

Existen fans que son fans no de personas sino de objetos inanimados.

Hay fans de los gadgets, de las marcas de ropa, del café expreso americano “venti” del Starbucks. Fans híper fieles del chupe y la garnacha. Fanáticos de la cocaína y las tachas. Fans de los carros que jamás han de poder comprar, etcétera.

Debo confesar que yo he sido fan de muchas cosas y personas. Pero sin duda de lo que más he sido fan es de Pink Floyd, Frank Zappa y ahora soy mega fan de Tom Waits.

Una vez fui a buscar a Roger Waters a su hotel pensando (ajá ajá) que si me veía ah paradita, tan bien dispuesta a todo lo que él quisiera hacer conmigo, me llevaría a vivir con él para engrosar su absurdo activismo.

Tan fan era, que aprendí inglés a fuerza de traducir sus canciones cuando todavía no había internet. Coleccionaba boletos y cartas y postales y playeras y todo lo relacionado con The Wall. Y vi mil veces esa película mientras juraba, mientras me prometía, que un día yo sería como la güerita que le chupa los dedos a Bob Geldolf, aunque después mi rockstar acabara por madrearme en uno de sus cambios intempestivos de humor.

Ahora soy fan, pero menos fan de las cosas y la gente.

De hecho soy más fan de las cosas porque la gente acaba por hartarme fácilmente. Y aprendí algo en el camino: nunca conozcas en persona a tus ídolos porque seguro te decepcionan. Así que ahora soy fan de lo intangible: de la obra de Cioran y de Bernhard y de Carver, ¡y qué bueno que esos tres ya se murieron porque de no ser así seguiría siendo una fan de los personajes y no tanto de su obra y eso está de la chingada!

Rockstars, se llaman.

Y un rockstar no es necesariamente alguien que se dedica al rock, sino que ha trascendido la barrera del menester y el oficio.

Hay rockstar en la política (como Putin, Macron, AMLO, Obama y hasta el propio Trump).

Rockstars en la escritura (Rushdie, Carrére, Martin Amis y quien se gane el Nobel anual).

Rockstars guapachosos (todos los guarros que tocan sinaloense).

Rockstars cocineros (Ferrán Adriá, Joan Roca, Grant Achatz).

Rockstars que las redes engendró (Chiara Ferragni, Earvin III Johnson, y el italiano mamón que baila en calzones… ¿Gianluca Viacchi?).

Rockstars freaks (El Viejo Lesbiano y el Dinosaurio que sale en los memes).

 

Y en la era del amor en tiempos del narco se inauguró una nueva modalidad del fan: el fan buchón. El fan malandro.

Muchos chavos adoran a estas figuras delincuenciales por representar eso que los ingleses de post guerra bautizaron como el “Gravy Train”, que no es otra cosa más que hacer mucho dinero haciendo casi nada… en este caso, haciendo rapacidades.

Estos fans del narco están en todas partes y se han multiplicado gracias a las series televisivas que hacen apologías del crimen organizado, si no, basta con ver el caso de un gringo que aspiraba a ser jurado en el juicio de “El Chapo” Guzmán, quien fuera descartado por el juez porque en lugar de mostrar gravedad y seriedad en el asunto, el tipo intentó por todos los medios que el narco más famoso de México le firmara un autógrafo…

Por eso digo que ser fan de alguien ya no conviene. Y es que la casta divina de rockstars de hoy no es la misma que en nuestros tiempos. Ahora cualquier rapaz es famoso…