por Alejandra Gómez Macchia
La casa de Alejandra está en la colonia en donde históricamente han vivido los artistas mexicanos. Esas calles son un imán para todo el que pretende crear.
Hay fantasmas recorriendo las aceras empedradas. Y los fantasmas son –casi siempre– mejores musas que los vivos. Musas dóciles y silenciosas. El fantasma se deja ser sin repelos.
Hay mucha vegetación alrededor: garras de león, hojas santas, costillas de adán. Como verán, el ambiente de la casa se integra a las formas orgánicas de su obra.
Los muros son azules, azul “casa azul” de Frida, o mejor dicho, azul coyoacanense.
El azul que más utiliza –Alejandra– al pincel, es el índigo. Es, como decía Pellicer, un azul que se cae de morado.
Pero entre el azul y el rojo, siempre ha ganado el segundo.
Porque el rojo, más que ser un color apasionado, es un color-hado.
Trágico, enérgico.
El rojo es el oro del cuerpo.

La muestra que cuelga de estos muros la tituló “La que renace en las aguas”, supongo que sobrevino de la lectura de los poemas de Cirlot. Pero también de su propia experiencia de extinguirse voluntariamente cada día… reinventarse desde el decúbito supino que adopta en su performance permanente, porque morir es una afición íntima que constituye, ya, buena parte de su obra plástica.
Para que un artista logre plasmar formas así de contundentes en el lienzo, las ideas deben estar pasadas por el agua (como un huevo); por el agua hirviendo de las demás artes: para que el color converse con la música y papel se cebe en la burbuja lenta de la literatura.
La acuarela es y siempre será en femenino: es sensual, voluble, rebelde, inexacta.
Una vez que las cerdas del pincel tocan el algodón, la animación de ese viaje líquido que transparenta el rojo y define la oscuridad junto a un punto de luz, se crea la mancha de la que partirá la figura central.
A la artista le obsesiona la leche, los lobos, la ingeniería ultramar de los moluscos, el destino misterioso de los calcetines izquierdos, la resurrección artificial de los peces, el mito romántico de los corazones sangrantes, el metatexto de los cuentos que nos formaron en la infancia; esos que no supimos leer porque pasaron por la cosmética de Disney, y no mantuvieron la crueldad intrínseca que los oxigenó, pues Charles Perrault era en el fondo un sádico que izó las verdaderas red flags en lo alto de su obra, pero el tiempo y la magia del tecnicolor las bajó para engañarnos, para hacerlos caer en la trampa de los cuentos con moraleja, cuando no existe nada más amoral que la ficción y la relación carnal.

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Los cuadros de Ale son el resultado de un proceso bastante metódico, ates de llegar a la aventura del agua que los materializa.
Algunos creadores “eligen” el tema deliberadamente para que la coyuntura les asegure fama y fortuna, y está bien.
A los artistas nos encanta el buen vino y los viajes… y eso no se paga con pura inspiración.
El método de ale proviene de una fuerte pulsión que la asalta y la lleva por las distintas rutas que desembocan en los lienzos que conforman la obra.
La crió una mujer libre, anárquica y aguda que le extendió el hilo rojo de la duda y la curiosidad.
Pintar es otra de las expresiones que revelan el asombro, y elegir la acuarela como técnica principal es aceptar radicalmente el azar como directriz de toda primera intención.
Porque a comparación del óleo o el acrílico –materiales que se prestan a la edición– el agua, en su transparencia, es más dura y persistente. Tanto así que rompe piedras y abre caminos.

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Quien toma la ruta de la acuarela debe tener desarrollada la tolerancia a la frustración y reconocer en el proceso la analogía con la propia vida: la mancha queda, y sobre ella se pueden desvelar maravillosas formas.
La obra de Ale Alarcón dialoga con la corporalidad, pero más con la impermanencia.
Las parejas pierden el rostro cuando generan expectativas, y al final acaban descarnadas.
Las caperuzas son pequeños monstruos voraces.
Ale mistifica y muere en lugares importantes.
Sacrifica la realidad en el gran nombre la fantasía.
Tiene magia y sangre en el pincel.

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