por Alejandra Gómez Macchia

Es principios de este año, en Sao Paulo, Brasil.

El gran Gilberto Gil va ataviado con sus siempre llamativas camisas de colores que resaltan su hermosa negritud.

Está sentado en una silla en medio del escenario y toca sin ver las cuerdas de su guitarra, cuando de pronto, anuncia que viene una canción que escribió hace muchos años, justo unos días después de separarse de su tercera esposa, Sandra Gadelha, con quien tuvo tres hijos. “Drão”, es como –de cariño– le decía la cantante María Bethania, a esa mujer de complexión grande y sonrisa pletórica que acompañó a Gilberto Gil en los años más rudos de un hombre que se dedica al arte; esos años en donde, si la fama no te revienta, te eleva al Parnaso cultural para poder trascender como sólo unos cuántos lo lograrán en la historia de este mundo.

Gilberto Gil vive desde años en la cumbre de la intelectualidad y el poder político brasileño. Es un Elegido, por sus dones, por su maestría con el instrumento que lo eligió, y por la poesía que constituye su obra.

Fue en marzo o en abril, cuando ese concierto en Sao Paulo sacudió a todo el país cuando Gil anuncia que su hija Preta está ahí para interpretar la canción que le escribió a su madre como un acto de gratitud; una carta de amor y  perdón sin igual a la hora de que una pareja se pulveriza.

La canción se titula Drão, o sea, el nombre de cariño de Sandra, que estaba presente en ese concierto; y no porque fuera una ex mujer incómoda como la mayoría de las ex mujeres; esas que no sueltan el pasado y que insisten en perpetuar su presencia con base en el chantaje…

 No, la familia Gil goza de cabal educación, y Drão forma parte de la familia extendida que configuró Gilberto Gil una vez que saldó sus pecados (como bien dice la letra de la citada canción), y luego de casarse con una gran mujer que ha cuidado de él y de su familia hasta el día de hoy: Flora Gil.

Drão y Flora miran desde sus respectivas posiciones hacia el escenario en donde el bardo hace pasar a su hija, que va acompañada por dos mujeres que la sostienen de los brazos.

El público explota en aplausos, no sólo porque Preta es un artista consagrada y queridísima como su padre, sino, porque presienten que quizá sea la última vez que se le ve a cantar.

Preta quiere decir “Negra” en portugués. Pero su piel no es tan oscura como la de su padre, sin embargo, se ve que el nombre le ha encantado desde niña. Que te digan “negra” es maravilloso porque se siente como si fueras una fuerza de la naturaleza…

En las imágenes detrás del escenario aparecen fotos de Gilberto Gil joven con la niña Preta en distintas circunstancias… todas felices.

Preta se sienta a la izquierda de su padre y ambos se lanzan un beso al aire.

Gil pone sus manos en la guitarra y da los primeros acordes de Drão. Una versión más dulce y melódica que la original de 1982, más bien es parecida a la que refrescó en 2012 en un bello concierto que dio con Caetano Veloso.

Nuevamente el griterío emerge en una marejada de excitación y nostalgia.

Algunas de las frases más entrañables de esta canción que honra una relación amorosa que se ha extinguido, dicen cosas tan bellas, pero también tan elementales, como la metáfora que compara el amor de la gente con un grano de trigo que necesita morir dentro de la tierra para poder germinar.

Y esa semilla que ha muerto en su forma física, simplemente sufre la transformación para convertirse en otra cosa distinta, y así hasta la eternidad.

Las cámaras hacen close up al rostro de Preta, que luce mucho más delgada de lo habitual, y emocionada hasta el tuétano.

Tiene la clase de mirada de alguien que sabe demasiado, de alguien que ha escuchado cosas y que ha sentido algo nuevo e inédito que solamente se siente cuando el fin está por llegar. Preta tiene la mirada de  quien quiere meter todo el mundo y todo el tiempo –en ese instante– por sus ojos;  para no olvidarlo, para saber que  (ella, y el mundo) siguen ahí. Vibrando.

Dos años atrás le detectaron cáncer de colon, y como cualquier paciente oncológico, la incertidumbre se instaló en su mente, y el temor en su corazón.

En ese concierto, Gilberto Gil sabía que la cosa ya no iba a ir mejor.

La etapa terminal estaba echada a andar y era cuestión de meses.

En la segunda parte de esa canción escrita hace más de 40 años, Gilberto Gil, dice –a manera de salvoconducto– una frase que en  circunstancias como la de este concierto, resultó demoledora, “Drão, nuestros niños están todos sanos/ los pecados son todos míos, y Dios sabe mi confesión… no pienses en la separación;  quién podrá hacer morir aquel amor/ es muy duro caminar por esta calle tan oscura”.

La cámara enfoca al genio que inventó  la Tropicalia.

Gilberto Gil, que vivió y resistió los embates del exilio por la dictadura y otras pestes personales, se quiebra por completo. Su sonrisa se transfigura en una mueca de dolor indecible porque sabe que su hija está ya viviendo las primeras horas de su fin.

¡Qué momento! Desgarrador, digno, qué dolor.

Eso fue lo que ocurrió en Sao Paulo hace unos meses, y ha quedará registrado como la más alta lección de resiliencia pública que he visto en mi vida, o al menos eso pensaba hasta que este fin de semana, ya en los funerales de Preta, la prensa se acercó a Gilberto Gil y habló con una entereza, y una resignación propias de quién lo ha entendido todo en esta vida.

Si bien es antinatural y terrible tener que enterrar a tus hijos, pienso que quien ha seguido la carrera de Gilberto Gil (como es mi caso) sabe que el hombre medita, respira, compone y resignificar El Mundo con su arte. Es lo que le enseñó a Preta, y por eso el drama de la separación física puede resistirse con menor drama.

Asumir que Preta, la niña de sus ojos, estaba “lista para irse porque había he tenido un intenso trabajo de preparación para “El momento”, es la confirmación de la coherencia filosófica, política, poética y espiritual, que Gil ha ensayado en toda su obra.

La canción Drão ofrenda la flor del perdón a la mujer que dejaba en la salvaje juventud. Y se sabe que la juventud es hermana siamesa de la soberbia.

No así la vejez, que aparte de otorgarle al hombre gravedad, si lo ha hecho bien, el premio es haber ganado sabiduría.

Y sólo alguien sabio vive y resignifica  la muerte de un hijo con la entereza y la paz con la que Gilberto Gil llegó y besó la frente de Preta en su tumultuoso y conmovedor funeral.