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Las máscaras están listas, los mosquetones se calientan.

La ciudad de Huejotzingo se prepara durante un año para darlo todo en tres días de carnaval.

Todos piden vacaciones en esos días. Nadie quiere ir a trabajar, porque todos asisten jubilosos al festejo de la carne y la representación de la batalla.

Como en todos los carnavales del mundo, en el de Huejotzingo la gente vuelca toda su creatividad y gasta los ahorros para vestir hermosos trajes; los más luminosos, cargados de lentejuelas, jarritos, animales disecados, grandes sombreros con papel de china waffleado y barbas extrañas. Llevan huaraches, morrales de cuero y rifles cargados de pólvora.

El festejo antecede a la vigilia, y son tres días en donde las máscaras liberan de toda inhibición a quienes las portan.

A diferencia del carnaval de Río de Janeiro, aquí no se exalta ni la flora ni la fauna, ni las lúbricas formas de los cuerpos quemados por el sol que se balancean de un lado a otro al ritmo de los batuquis y las cuicas.

Tampoco es este carnaval, el misterio y el satín de las mascaradas venecianas.

Cada año, “Huejo” se convierte en un escenario surrealista en donde la historia, la memoria y la tradición, se mezclan bajo un horrísono estruendo de mosquetones, gritos, y elaboradas prendas.

El festejo tiene sus orígenes en el siglo XIX, y está inspirado en dos escenas de la historia mexicana: la época colonial y la intervención francesa.

Es una teatralización de los acontecimientos bélicos que se llevaron a cabo en nuestro estado, combinado con algunas tradiciones indígenas.

Los protagonistas de este peculiar carnaval son:

Los Zacapoaxtlas, que van ataviados con sombreros enormes coronados con un pelucón tricolor de papel china, y son quienes combatieron junto con el ejército mexicano a los franceses. Simbolizan la más pura resistencia.

Los turcos: ala conservadora que se alió con las fuerzas extranjeras.

Los atuendos son trajes bombachos y brillantes, con capas turbantes, y barbas picudas que evocan la imagen demoníaca del enemigo.

Son los personajes más dramáticos del festejo.

Los indios: es hasta el día de hoy, el grupo más nutrido en cantidad; los vecinos visten trajes de manta con ayates guadalupanos, sombreros, máscaras, y una estructura de carrizo colgada en la espalda que adornan con jarritos, fruta cerámica, anafres, y los coronan –originalmente– con un cacomixtle disecado.

Los Suavos: recrean el ejército francés, y visten pantalón rojo, turbante y una caja de madera en la espalda aludiendo a la infantería francesa que luchó contra los zacapoaxtlas.

El batallón más estrafalario del carnaval son Los zapadores:  encarnan al cuerpo de ingenieros que participó en la batalla del 5 de mayo, se les distingue por llevar enormes tocados a manera de sombreros elevados, y trajes constelados en distintos patrones de chaquira y lentejuelas.

Cada batallón puede llevar sus mosquetones para hacerlos explotar, y todos los demás van frenéticos danzando, aplaudiendo bebiendo y gritando.

Estos grupos dan vida a la escenificación del rapto de la hija del corregidor, el primer matrimonio indígena y la Batalla de Puebla.  Las damas, acompañan la representación del matrimonio indígena.

Porque dentro de las caravanas siempre se elige a una pareja que se va a casar realmente y sus invitados forman parte de una de las cuadrillas.

Durante tres días la fiesta no de detiene y es un espectáculo impresionante que recorre la calle principal de la ciudad.

Terminando el paso de los batallones, cada representante de barrio ofrenda una copiosa comida de mixiotes con miles de cervezas para los participantes.

Y todo acaba con el cambio de bandera, y el manotazo parroquial del miércoles de ceniza.