por Alejandra Gómez Macchia

Si bien es un hecho que  vivimos tiempos en donde el discurso de la inclusión es parte de la agenda social y política mundial, también debemos poner atención en la pobre salud mental con la que están creciendo los jóvenes  que ya no encuentran satisfactores  ni alegría en el “factor humano” ni en la realidad fuera de las redes sociales.

Sabemos que aquellos que nacieron después del año 2000 tendrán problemas graves a la hora de poder construir un patrimonio y mantenerse a sí mismos por la falta de oportunidades, pero también por esa oposición  hacia la crítica y el fracaso, ingredientes básicos para curtir el pellejo y las redes neuronales.

No es fortuito que, los muchachos que hoy tienen entre 20 y 30 años, estén más interesados en el discurso anquilosado new age de “vivir el aquí y el ahora”, que en enfrentar y prever las consecuencias de las estupideces que se comenten en la adolescencia… y lo hacen (eso del vivir el hoy)  no porque tengan un mayor grado de conciencia  sino porque están rendidos antes la imposibilidad de progresar bajo las reglas que han forjado y reconstruido el planeta después de las guerras mundiales.

Y los centenials dirán: ¿Qué no los hijos de las guerras la regaron gacho y son unos viejos rancios, patriarcales y heteronormados?

Sí, pero esa generación tenía más estructura, la piel menos sensible… y cojones.

En cambio, esta jauría de palurdos  intenta desesperadamente llamar la atención con fenómenos como los Therians, que no es otra cosa más que un delirio persecutorio rayano en el fetiche,  de gente que siente que una parte de su identidad está vinculada y se manifiesta como un animal.

Hemos visto en todas las redes sociales a estos freaks deambular por las calles gimiendo, ladrando, gruñendo, maullando y haciendo toda clase de visiones echando por tierra milenios de evolución del sapiens para volver hacer simios, ah, pero eso sí, bien selectivos.

Selectivos porque no van a aventurarse a vivir a la jungla, no cazan a las presas con sus propias manos y las devoran sin “salsitas de aguachile”, no se lavan las partes pudendas con la lengua, y son incapaces de dejar la cómoda casa de mamá y papá en aras de vivir fuera de la asquerosa civilización que ha creado el hombre esquizofrénico del siglo XX.

Una completa locura pergeñada en mentes ociosas y débiles.

Hombres y mujeres que «nahualean» pero sin la magia, el misticismo y la oscuridad del viejo que se vuelve coyote en el imaginario de los pueblos.

Nahualismo 4.0 deslactosado, transgénico, nonsense. 

Jóvenes sin ilusiones, adictos a las pantallas, y con una alta posibilidad de reducir sus capacidades cognitivas con tal de llevar al máximo extremo su urgencia de evidenciar la ansiedad neoburguesa a pataletas, conducidos  por la abulia,  la falta de deseo y la confusión de la realidad que hemos ganado gracias a las inteligencias artificiales.