por Alejandra Gómez Macchia

La Rosalía tuvo una conversación cara a cara con Mariana Enríquez, que es la escritora argentina más leída y popular al día de hoy.

Las Cosas que perdimos en el fuego es una obra mayor, y nadie puede decir lo contrario.

Tomando un café, estas dos mujeres charlaron sobre cosas que, por lo general, nadie le pregunta a una estrella del mainstream, pues, generalmente, los entrevistadores sólo echan una ojeada a las carátulas del disco o del libro del entrevistado y salen con las burradas de siempre: “eh, pero cuéntanos, ¿quién es Rosalía? (en este caso, y la obligan a hablar en tercera persona como si fuera una enferma de sí), ¿qué es lux? (abundan los entrevistadores chabacanos), ¿cuál tu proceso creativo?… etc.

Mientras que el podcast o el programa se inunda de  preguntas facilonas que sacan del apuro a quienes –ni por error– se informan un poco sobre el personaje que tienen enfrente. Un cuartito de respeto y madre, por favor…

Bien, pues dentro de esta charla intimista, hubo una parte que se ha convertido en la comidilla de las buenas conciencias millennials y centennials, grupos  que han hecho de la cultura de la cancelación, un circo chungo, sin matices.

¿Quiénes son estos puros? Pues La borreguiza de redes sociales que se ofende de todo, y que es incapaz de respetar una opinión diferente a la suya porque hiere susceptibilidades, y ha querido censurar o cancelar por lo menos dos veces a la Rosalía en este año…

La primera, créanlo o no, fue porque apareció fumando un cigarro en el maravilloso podcast de Esty Quesada, Special people club, que es –a mi parecer– el mejor podcast de entrevista con humor negro que hay actualmente en español…

Ajá, pues, la Rosalía encendió un cigarro, y Esty hizo lo mismo (aunque no fuma pero se droga sanamente y lo ha confesado con esa brutal sinceridad que maneja), y, obviamente los higiénicos veinteañeros (heal the world) lloraban absolutamente decepcionados porque “qué poco conscientes” , qué mal que la maja intoxique así su cuerpo y al entorno vital de los demás.

Patético francamente, porque la nota era otra…

Y el segundo connato de cancelación se está dando en este preciso momento, cuando se han ido exhibiendo los fragmentos de la entrevista con Mariana Enríquez, es decir, el encuentro de dos mujeres inteligentes cultas y críticas que debe celebrarse por lo alto, y en cambio las quieren funar porque comentaron que aprecian mucho el arte de Picasso, y ninguna de las dos se dejan llevar  por las historias negras del personaje en cuestión, sí no por el valor artístico y el legado que ha dejado al mundo con su obra…

Por esa razón, y porque para los millennials y  centennials, Picasso es un machirulo que hay que borrar de la historia porque les ofende sus cuitas íntimas, que son más un rumor que una realidad, saltan en redes como Torquemadas deslactosados a querer cancelar a dos de las poquísimas mujeres que están en el mainstream del arte, por dar su opinión sincera sobre un artista de la talla de Picasso.

La hipocresía que circunda en estos días, los criterios de pudor y de moral entre jóvenes que sean educado –básicamente– con la boba de Taylor Swift y  en las pantallas, es de risa loca, pues los indignados son –en el mejor caso– analfabetos funcionales.

En este espacio celebramos que existan voces elocuentes, transparentes y abiertas a la conversación transgeneracional, como son estas dos genias que se sentaron a tomar un café, sin rebasarse en veleidades intelectuales, aunque bien pudieron hacerlo;  y que hoy están en el patíbulo por la flácida  corte que da hecho de la funa,  el deporte nacional de los imbéciles.